sábado, abril 18, 2009

Cáp. 2

Primer grado fue primer grado, pero para cuando Nicolás Leonforte y los otros hubieron llegado a quinto grado, hacia ya tiempo que los grados no eran grados sino años; lo cuál le sonaba curioso, pues Nicolás Leonforte creía que la educación era gradual y las cosas tenían que ir aprendiéndose de a poco. Un año, de esos de nueve meses, no significaba nada. Un grado, era casi un término sui géneris del aprendizaje.
La escuela primaria ya tampoco se llamaba primaria si no que ostentaba unas cuantas palabras que formaban una sigla muy bonita, más atrayente, mejor de pronunciar, con más cadencia y marketing.
Nicolás Leonforte a veces tampoco se llamaba Nicolás; ahora tenía una gama de motes que variaban desde “Pelirrojo boludo” o “Pelirrojo Puto” hasta el solo boludo, más genérico y en boga.
En las vacaciones de invierno; María Concepción Valle fue al cine con su abuela. Vieron el Jorobado de Notre Damme. Esta era una versión animada muy alejada de la de Víctor Hugo; pero bastante se acercaba a otras anteriores que la niña había visto en televisión.
Esmeralda era hermosa; si no era la joven Salma Hayec, era una animación idealizada de mujer. Era gitana, eso sí pobrecita; y su Nación le pesaba: Era una paria, claro, como el jorobado; pero ella era una escoria porque iban de un lado a otro, hablaban otra lengua, bailaban otra música, usaban oro y eran acusado de robo de animales, niños y pactos satánicos. Pero, sea cuál fuera la versión que se tratara, era hermosa y a pesar de todo era buena y por eso debía darle agua al jorobado castigado en su rueda y atajar los piedrazas y tomatazos que el vulgo arrojaba. Porque eran parias; él por feo, ella por viajar y bailar. Aunque fuera hermosa, debía socorrerlo.
El lunes, luego de dos semanas de no verse, los niños se saludaron y con timidez, aún más de lo usual, Nicolás Leonforte, sonriente, pecoso, un tanto pelirrojón y un poco menos regorte que antaño, se acercó a María Concepción del Valle; con su guardapolvo de tablas ceñido con un lindo lazo en su cinturón, el cabello perfumado tirantemente recogido en una cola de caballo y la mochila de Hello Kitty y preguntó:
- ¿Qué has hecho en tus vacaciones de invierno?
María Concepción del Valle sonrió. Le agradaba que un chico, individualmente, le hablara en lugar de tirarle del cabello.
- Paseé mucho con la abuela. Me llevó al cine…
Y María Concepción del Valle no pudo seguir hablando porque un grupo de niños grandotes y agresivos pasó corriendo a su lado al grito “¿Qué hacés hablando con el pelirrojo boludo?”.
- Nos vemos en el recreo mejor- dijo con otra sonrisa de disculpas y se alejó sonrojada.

En un momento de la clase, la Señorita calló y miró su reloj. Sabía por qué hacía ese silencio que pretendía hacer pasar por casual. Entonces entraron al aula las madres.
- Estas madres son las catequistas chicos – hizo la presentación la Señorita con su voz de melaza.
Las catequistas se alinearon en el frente, del lado de los próceres y los símbolos patrios; del lado del profesor con su luz y sus dictados.
- Ellas han venido hoy a hablarles a los que quieran comenzar sus cursos de catequesis para hacer la primera comunión y para saber en la jurisdicción de cuál parroquia se encuentran.