Primera parte: Antes de la Fábrica.
Cáp. 1
Cuando sonó la campana los niños se detuvieron, se callaron, se dividieron por sexos; varones por un lado, niñas por el otro; formaron fila, tomaron la distancia y a coro respondieron el saludo de su directora.
Mientras ingresaban a sus respectivos salones; Nicolás Leonforte, regordete, sonriente, pecoso y un tanto pelirrojón, se acercó, tanto como pudo, a su amigo: “Traje algo que encontré tirado en el patio de casa, está recontra bueno” le susurró con alegre discreción.
Entraron al aula y se sentaron en el entramado de columnas y filas, alternados varones y mujeres como si la diferencia sexual los volviera sordos y mudos, mirándose las nucas y más allá de estas; al profesor, de cara a ellos, con la bandera, los próceres y toda la patria a su lado.
Nicolás Leonforte, emocionado, sacó de su bolsillo un pequeño espejo retrovisor que alguna vez formara parte de alguna bicicleta, lo lustró con el puño del guardapolvo y lo enganchó en su cartuchera. Mientras los demás terminaban de acomodar sus mochilas y ubicar sus útiles, rápidamente le explicó a su amigo, sentado en el banco detrás del suyo, que ahora con ese artefacto podrían verse la cara y conversar un poquito en voz baja.
Pasó una hora, de esas falsas horas de cuarenta y cinco minutos; tiempo que es propio del colegio, y su artilugio pasó desapercibido por la docente. Pasó otra y otra, hasta que la señorita comenzó a pasear de un pasillo a otro dictando el dictado. La señorita dictaba el dictado y el que copiaba mejor y más rápido era recompensado con una hermosa y ostentosa felicitación en el frente, delante del resto, del lado del profesor, la bandera, los próceres y la patria.
- ¿Qué es esto Leonforte?- preguntó con su aguda voz de regaño y con las uñas rojas y largas tomó el espejito.
Nicolás no respondió.
- Es para poder mirar hacia atrás; ¿Verdad?- volvió a preguntar con voz aún más aguda.
- Si Señorita- respondió tímido.
- ¡Ah sí que no solo que conversa en clase, sino que tiene toda una tecnología desarrollada para eso!- dijo con espamento la Señorita.
- Pero no estábamos charlando ni nada, solo tenía eso para mirar a mis compañeros…- intentó explicarse Nicolás, pero la Señorita lo interrumpió sin escucharlo.
- Tráigame el cuaderno de comunicaciones y entrégueme el espejito.
Terminó entonces la hora de cuarenta y cinco minutos, sonó la campana, los niños se pararon, guardaron sus cosas, se callaron, se dividieron por sexos; varones por un lado, niñas por el otro; formaron fila, tomaron la distancia y a coro respondieron el saludo de despedida.
- Son turnos rotativos de doce horas, día por medio- le había dicho la coordinadora de Recursos Humanos.
- Los días de fábrica tienen doce horas, cada dos días, que pueden ser de día o de noche- le explicó luego a Mamá.
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