AMBO
Lo maravilloso de esa mañana fue el cambio, el estreno de sus ropas costosas. Horacio se vistió con suma parsimonia y salió con su perro a comprobar su existencia. Llegar a Recoleta le tomó cerca de dos horas. No importaba, porque las calles le parecían vulgares, cabizbajas. “La ropa hace al hombre” pensó un poco avergonzado, pero con todo el derecho del que estaba investido ese día.
Sin querer terminó junto al lujoso escaparate de aquel negocio. Ahora podía mirar de igual a igual todas las prendas, cada resquicio. Y hasta ese maniquí de rostro mudo y altivo, con una mano ligeramente apuntada hacia él, parecía aprobar el Christian Dior que relucía en su cuerpo.
—Viejo, ahora estamos con la misma pilcha —dijo Horacio en un arrebato de alegría y una mujer que pasaba por su lado aceleró el paso.
De repente, un haz de luz se filtró por entre las nubes y resplandeció en el vidrio del comercio. Le mostró a Horacio su nimio reflejo, su estúpida sonrisa de hombre ridículo exhibiendo ropas majestuosas. Abochornado por su imagen, Horacio irguió su espalda, escondió su abultado estómago en un largo suspiro y mudó rápidamente la expresión (como correspondía a su Christian Dior) en un gesto altivo. En un instante, la luz que formaba el reflejo desapareció y la vidriera del negocio volvió a ser transparente.
Lo último que el hombre recuerda es su mano, extendida en un grito tardío, y a su perro, del otro lado del vidrio, aullándole.
Sobre el autor: escribe un tal Angel Durante. A ver, me gusta el loco que recibe a Clarice en “el Silencio de los Inocentes” y demuestra sus capacidades olfativas, me gusta también la pizza por metro, y detesto las piedritas en las zapatillas. Ah, tambien odio al ku kux klan, y, de vez en cuando, suelo leer cosas nomás.
lunes, marzo 17, 2008
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